Artículo de José M. Hurtado Egea

 
     
 

EN AQUELLOS TIEMPOS

 
     
 

Eran tiempos de chocolate picado y de alpargatas, de monos de productores y boinas rojas del Frente de Juventudes, de tren del Consejo y tranvías a Cádiz, eran… otros tiempos.
En las clases, niños con la cabeza pelada «al cero», humildísimas chaquetillos imitación a lana, con botones de balón, y sandalias pestilentes de un símil de caucho.
Tinteros de porcelanas y plumas de corona que iluminaban interminables grecas multicolores.
Marciales clases de formación premilitar y cantos patrióticos al arriar banderas.
Los chiquillos, no comprendíamos el tito, sólo la mirada inquisidora y el temor del castigo en forma de prolongación de jornada –sin estipendio–. Salíamos como en estampida de los colegios, para merendar, remontar algún barrilete, dar un par de patadas a una ingeniosa pelota de trapo, que más bien era un calcetín que envolvía papeles, y otra vez a la clase.
Pero… esta vez, la clase era distinta.
Una carpeta de gomillas, donde sobresalía una regla de treinta centímetros, colmada en su estómago de papeles de dibujo, escuadra, cartabón (ambos de madera mellada), compás de veinte pesetas, tintero con tinta china «Pelikan» y afilado lápiz de azafrán «El Aeroplano» con goma «Millan», perfectamente estibados en un «plumier», que también solía contener restos de cuchillas de afeitar, sacapuntas que no cortaba, lascas de lápiz, cabillero delgado y teñido con anilina eritrea que no teñía nada…
Una campana que salía de los recónditos rincones del «Centro» y, de nuevo a estudiar. Dibujo, ortografía, geometría, aritmética…
«El Centro Obrero», carril de un incierto porvenir, que al menor podía abrir las puertas de las Escuelas de Aprendices de la Constructora o del Consejo, eran aquellos tiempos sin pluses ni becas, sin igualdad de oportunidades y sin nada. Para no haber, apenas había comida y los jamones de casa de Vicente se hacían columnas corintias a los ojos de los alumnos del Centro cuando alrededor de las nueve de la noche volvíamos a casa donde el jamón se transformaba, en la casa que poseía esa magia, en humeante e hidrópico puchero de espinazo y tocino.
En aquellos tiempos…
Un día de septiembre, se vestía de gala al Teatro de las Cortes, colocándosele guirnaldas de laurel, banderas y banda de música del Tercio Sur. A los compases del Himno Nacional, las cortinas del escenario se abrían y aparecía una mesa larga, cubierta de misteriosas envolturas, delante de unos señores serios y vetustos, de trajes oscuros y uniformes y, pendiente de sus cabezas las tres banderas preceptivas.
El Secretario de Clases, el mismo don Juan Coello, leía unas memorias y decía un nombre. Un jovencito al que le sombreaba el bigote, portador de una chaqueta vuelta –cuyo bolsillo de arriba gritaba en la diestra la maniobra realizada– y un pantalón bombacho, que ni pegaba ni llegaba con la chaqueta pero que, era el único, subía tembloroso a recibir el regalo de Franco, un reloj de oro. Nuevos acordes del Himno Nacional, aplausos, lágrimas de la mamá y de la abuela, emoción contenida del padre y carreras de los pequeños sobre el manderamen del añejo anfiteatro.
Día inolvidable, esfuerzo constante, premio de esfuerzo  superación. La gloria.
En aquellos tiempos…
La Constructora tocaba el pito a las ocho menos cinco. El frágil estudiante del día anterior, ahora, iba con el mono, nuevo, eso sí, alpargatas nuevas y con la brisa que venía de Carraca enfilaba la estación, «el Paseillo» y por el callejón de la Pista llegaba allí, a la Escuela de Aprendices.
Eran aquellos tiempos…
De afeitados semanales, de «bulipepes» en la tienda «El Correo» de oída del «Parte» a las diez de la noche, de cine infantil a dos pesetas, de emoción incontenida ante la vista del pan blanco…
Eran aquellos tiempos…
Para el Centro Obrero con todo mi cariño.