Artículo de Juan Mena

 
     
 

REGRESO EMOCIONADO

 
     
 

Nos ayuda a vivir la evocación, nos trepa
ese muro en ruinas que es luego la memoria
como una enredadera de fiel melancolía,
como un musgo sombrío de recuerdos marchitos.

Cataratas de alumnos saltando la escalera
y cayendo en torrentes por la calle Rosario
al toque de campana de salida en el Centro.
Como un alud caíamos en los escaparates
de Foncu o de García Bozano,
codiciosos buitres devoradores de tebeos
(Roberto Alcázar y Pedrín,
el Guerrero, el Cachorro, el Terremoto,
el Hombre de piedra, Espadachín…),
voraces piras para nuestra imaginación,
fogatas fraternales en las que calentábamos
el corazón, arroyo incipiente de impulsos,
meandro balbuciente de amordazados sueños,
espejo adolescente para guardar un mundo
que gemía debajo de la piel ignorante.

Rescoldos bienoliente de los años cincuenta,
a pesar de los viejos chispazos de las penas
y  del chispotorreo de oscuras cicatrices,
yo bendigo el dolor y su hiel de enseñanzas,
y a la madrastra aquella que tuve en la experiencia.

Yo acojo a aquellos días que huelen a pupitre
navegando los ríos de España grande y libre
y la Historia Sagrada con Sansón sepultado
debajo de columnas y odiosos filisteos.
Entremezclo en mis pliegues de ternura de hombre
apellidos nimbados de historias juveniles
y rostros venerables, o temidos, o amados,
cuando hoy el tren del tiempo arrastra con mis años
vagones con difuntos e ilusiones inútiles,
ayeres descompuestos y esperanzas vacías;
mas qué importa si quedan brasas de lo que fue,
ascuas de lo pasado donde el alma calienta
su gastada nostalgia, porque después de todo
tenemos como único tesoro el corazón
cargado de oxidadas monedas de añoranza,
y cuando se alborota igual que una alcancía,
como ahora mismo el mío, se confunde el sonido
del gozo y la tristeza, y hay monedas que salen
despedidas por estas ranuras de las lágrimas.