Artículo de José María Molina Seijo

 
     
 

EL AUGE DEL OBRERISMO COMO FONDO DE LA FUNDACIÓN DEL CENTRO OBRERO

 
     
 

El siglo XIX español, desde el punto de vista socio–político, se nos muestra con una característica esencial: el nacimiento del asociacionismo obrero.
Varios apuntes históricos –que abarcan prácticamente 50 años de su existencia– nos servirán para encuadrar la fundación del Centro Obrero, en medio de un clima agitado y turbulento, como respuesta necesaria a una evidencia social: el auge del obrerismo y su inserción en la sociedad.
Desamparado el mundo obrero por la supresión de las asociaciones gremiales en 1836 y por el auge de la sociedad industrial, comienza de manera incipiente a dejar notar su existencia y disconformidad, desembocando su presión en  la autorización de crear sociedades obreras de socorros mutuos o fines benéficos. A partir del 48, el mutualismo obrero se extendió, produciéndose en el 54 un amotinamiento en Cataluña y una extensión de la conflictividad laboral que desencadena la huelga general de Barcelona de 1855; ésta provocó una toma de conciencia que se plasmó en un proyecto de ley en cuyo preámbulo se decía que «la asociación es un derecho natural, pero sólo reconocible cuando tuviese  un fin laudable». Este proyecto ha sido considerado como un primer esbozo de legislación social aunque los obreros de la época reaccionaron en su contra, no llegando ni siquiera a entrar en vigor. Durante los siguientes años, continuó la creación de cooperativas y centros culturales, siendo destacable la figura del jesuita P. Palau, que ya en 1852 había creado una escuela obrera, siendo un adelantado del asociacionismo cristiano-obrero que más tarde florecería. En el 65, representantes de varías entidades se reunieron en Barcelona en torno a un congreso, a fin de fundar una federación de cooperativas. En Europa, paralelamente, se constituye en 1864 la Asociación Internacional de Trabajadores, asistiendo al Congreso de Bruselas del 68 un delegado español, coincidiendo con la Revolución y la apertura que ésta conllevó para el asociacionismo obrero. Años después, la AIT quedó disuelta en España por Decreto, volviendo los movimientos obreros a la clandestinidad, aunque ya nunca podrían acallarlos.
Expuesta esta síntesis histórica de la creación y potenciación del movimiento obrero, nos encontramos en octubre de 1884, con el nacimiento del Centro Obrero. Indudablemente, la inspiración que motiva su fundación se aleja del carácter reivindicativo y de presión que a lo largo del siglo había marcado el movimiento obrero, dispersándose  hacia cuestiones quizás paternalistas o proteccionistas, pero como una solución a un problema patente y real que en el ambiente existía, como era la falta de cultura y formación de determinado sector social. La idea era cubrir un huevo en la formación de niños y jóvenes –en principio hijos de obreros–, no evitado por la justicia social que durante tanto tiempo dejó sin amparar necesidades humanas relevantes. Desde su fundación, a cargo del ingeniero D. Juan Carbó, hasta nuestros días, ha transcurrido un siglo repleto de efectividades y afectos, caracteres innegables, aunque se suponga esa aptitud proteccionista inicial, Un siglo y sus alumnos se dispersan por el mundo mentándolo  y llevándolo en el recuerdo como algo importante en sus vidas cuando no esencial. Aún existe el altruismo, aún perduran las especializaciones, aún continúa como un baluarte que fue en su día único y capaz de absorber las demandas de jóvenes desprovistos de medios, encauzándolos hacia las más variadas profesiones técnicas o artísticas que motivan hoy un sincero homenaje a la cultura que representa y que ha emanado durante este largo siglo, anejo a un deseo de pervivencia en la misma línea cultural y afectiva.